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Dios los bendiga. Es el deseo de "Conexión Adventista"

11 feb 2010

Por qué creo en Dios

Por:

Cada uno tiene que evaluar las evidencias.

Hace poco, hemos sido testigos de un resurgimiento de los ataques contra Dios y la religión por parte de personas como Richard Dawkins (El espejismo de Dios), Daniel Dennett (Romper el hechizo), Sam Harris (El fin de la fe), y Christopher Hitchens (Dios no es bueno).

Como adventistas, debemos admitir que no podemos colocar a Dios en un tubo de ensayo y probar su existencia por métodos científicos. Dios está más allá de toda prueba. Nuestra capacidad de comprenderlo depende del alcance de su propia revelación.

Entre otros métodos, Dios se nos revela en (1) la creación (Gén. 1:1), (2) por medio del mundo natural (Sal. 19:1), (3) en nuestro sentido de moralidad y el deseo innato de lo divino y (4) por medio de Jesucristo, la máxima revelación de Dios (Juan 1:14, Heb. 1:1-3). Dios no pide disculpas por ser quien es. Si bien permite que dudemos de su existencia, también nos da suficientes evidencias para creer, de manera que no tengamos excusa (Rom. 1:19, 20).

Permítanme compartir algunas razones por las que creo en Dios:

1. El comienzo de todas las cosas
Pensemos en el comienzo de la vida. Dios afirma ser el responsable directo de crear los cielos y la tierra (Gén. 1:1-3; Isa. 45:12, 18). Afirma haber puesto en su lugar los fundamentos de la tierra y medido sus dimensiones (Job 38:3-5). Afirma haber creado las criaturas del mar, las aves de los cielos, los animales terrestres (Gén. 1:20-22), y en último término al ser humano (Gén. 1:27; Sal. 139:14). Por fe, aceptamos el origen divino de la vida, sobre la base del testimonio bíblico de Dios como Creador y Sustentador del universo (Heb. 11:1).

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20 ene 2010

Lista de dones de Dios

Por: James Park

Todos estamos incluidos

Cuando me convertí hace unos 35 años, saliendo de un trasfondo católico y secular, encontré la siguiente cita del espíritu de profecía: «Deberíamos memorizar los capítulos 12 y 13 de primera de Corintios, y grabarlos en la mente y el corazón».1 Aunque sabía que 1 Corintios 13 era el capítulo del «amor», no sabía mucho sobre el capítulo que lo precedía.

Cuando comencé a grabar lentamente las lecciones en «la mente y el corazón», surgió una preciosa teología de la relación entre los dones del Espíritu (según se bosquejan en 1 Corintios 12) y los frutos del Espíritu (según se describen en 1 Corintios 13). Este artículo explora brevemente la doctrina fundamental adventista número 17, que habla de los dones y ministerios espirituales. En primer lugar, bosquejará la relación entre los dones y el fruto del Espíritu, dará una breve visión general del fundamento bíblico de esta doctrina, y brindará recursos adicionales que nos ayudarán a poner esta enseñanza en práctica.

Los dones y el fruto: ¿Qué relación hay entre ellos?

Las Escrituras nos enseñan que el fruto del Espíritu, el 
«camino más excelente» que Pablo menciona en 1 Corintios 12:31, infunde nuestras acciones de un elevado valor ante Dios (1 Cor. 13:1-3). Después de todo, Jesús dijo a sus discípulos en el Sermón del Monte: «Por sus frutos los conoceréis» (Mat. 7:16). Los obreros que han mostrado diversos dones del Espíritu, como el de profecía y los milagros, sin «conocerlo» son llamados «hacedores de maldad» (Mat. 7:22, 23). Elena White misma declara que «el objeto de la vida cristiana es llevar fruto»,2 enfatizando así la importancia fundamental de ser antes que de hacer.

En nuestro mundo hiperactivo, cada día tenemos el privilegio de sentarnos a los pies de Jesús imitando a María, lo que era «mejor» que el deseo de Marta de ser hospitalaria (Luc. 10:42) y que había llevado a esta última a criticar a su hermana. En los países budistas como Tailandia, yo solía decir a los feligreses que a menos que dediquemos tiempo a nuestra vida espiritual y a ser más contemplativos –como los monjes– el estrés de la vida diaria hará de nosotros un hazmerreír

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11 dic 2009

Creatividad, tacto y fidelidad

Para alcanzar a todas las personas

Si la presentación de la verdad se realizara con mayor tacto y discreción, tanto por las exposiciones de los ministros como por la obra de los colportores, los resultados serían mucho mejores. Debido al descuido en este sentido, muchos tienen un concepto equivocado de nuestra fe y doctrinas, que jamás se habría formado si sus primeras impresiones hubieran sido más favorables.

A todas las clases sociales

Es nuestro deber realizar esfuerzos personales para alcanzar a las clases elevadas. Tales labores no deberían excluir a las clases más bajas, pero tanto las clases altas como las bajas han de tener la oportunidad de beneficiarse con las verdades de la Biblia. Si nuestras propias palabras y vidas muestran la influencia refinadora de la verdad de Dios en el corazón, los que se relacionen con nosotros verán que la religión de la Biblia jamás degrada al receptor y, al aceptar la verdad, percibirán los deberes y responsabilidades que descansan sobre ellos para ser también los representantes de Cristo en la tierra

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5 dic 2009

La perfección

Por: Robert J. Ross

Como capellán voluntario del turno noche, observaba a un médico de emergencias mientras cerraba el último de muchos puntos que unían la carne de lo que había sido un inmenso orificio. Enderezó la espalda y con sus ojos aún concentrados en la herida que acababa de cerrar musitó, como diciéndose a sí mismo: “Perfecto; está perfecto”. Más tarde pensé: ¿Qué quiso decir? ¿Se refería a los puntos o a que quedó cerrada la herida? ¿Se refería a su trabajo o a todo lo mencionado?

El Sermón del Monte de Jesús cubre tres capítulos de la Biblia (Mat. 5–7). En su primera parte, habla de la actitud de contentamiento que deberíamos desarrollar más allá de las circunstancias. A esta sección la denominamos de “las bienaventuranzas”. Cristo dirige su atención a nuestras motivaciones detrás de lo que hacemos. Lo que realmente cuenta son los motivos y actitudes que impulsan nuestras acciones. A mitad de su sermón, realiza esta inquietante declaración: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en el cielo es perfecto” (Mat. 5: 48).1

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¡Qué hemos hecho!

Por:

Nuestra imagen mental de Jesús suele inclinarse hacia su lado humano. Después de todo, fue un hombre. Hemos visto miles de imágenes de Jesús creadas por los artistas: lo hemos visto jugando con los niños, hablando con los médicos, o mirando a la “cámara” o al horizonte.

Pero los que documentaron su ministerio terrenal en los Evangelios también dejaron en claro que en el Jesús humano que caminó entre nosotros caminó también Dios en la carne. La divinidad de Jesús es producto de conceptos extraordinarios que nos dejan atónitos. Nos trasladan al comienzo del mundo, cuando “Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra” (Gén. 1:1).*

¿No requiere la divinidad de Jesús que él también haya tomado parte en dar existencia a este planeta?
Sin duda que sí. Pablo proclama enfáticamente que Jesús, “siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse” (Fil. 2:6). Juan también afirmó que “era Dios” y que “por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir” (Juan 1:1-3).

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